viernes, 14 de abril de 2017

Sandía y Vino Tinto


    El mozo subía a declarar lentamente, arrastrando los pies, como tratando de demorar su turno. Tenía los ojos bien abiertos, las cejas algo arqueadas y evitaba fijar la mirada, que iba del juez a su abogado, de su abogado al juez, del juez a la familia de la víctima, de la familia de la víctima a su abogado.

  Miraba para todos lados, salvo hacia el fiscal, cuya imponente figura, enfundada en un lustroso traje, lo desafiaba siguiéndolo con la misma expresión que debe poner el tiburón cuando va a cazar a su presa. Él lo notaba, no hace falta mirar a alguien para saber cómo lo está mirando a uno.

  Llegó al estrado, dio media vuelta en sí mismo y se sentó en ese odioso banquito. El único traje que tenía, de color marrón, le quedaba un poco grande. Se le formaban plieges en la zona de los huevos, las botamangas tocaban el piso y el saco, abierto, abrazaba el banquito dando la sensación de que el mozo tenía seis piernas, cuatro de madera y dos de carne y hueso.

  El fiscal se le acercó lentamente, de modo teatral, comiéndolo con los ojos. Faltaba el ¡chan, chan, chan, chan! de Tiburón y la escena estaba completa. El mozo esta vez no podía escapar, y perdió el primer duelo: no pudo sostenerle la mirada. El fiscal se regodeaba en ese pequeño truinfo, que advertía una victoria aplastante.

  -¡Señor Torres!- el fiscal se movía lentamente, con las manos detrás de la espalda y la cabeza hacia adelante cuando estaba callado, y se quedaba quieto y movía aparatosamente las manos cuando hablaba- En primer lugar, quiero dejar en claro una cuestión: ¿usted admite haber servido al difunto Correa una ración de vino tinto y sandía?
  
  -S-sí, señor.
  
  -Bien, es importante empezar por lo importante, valga la redundancia- giro teatral hacia el público, y breve silencio esperando alguna risa que nunca llegó, nuevo giro de resignación-. Bueno, decía que es importante que usted admita haber servido la ración mortífera. Ahora, por favor, recuerde que ha jurado decir la verdad, ¿usted estaba consciente de que la combinación de la sandía y el vino tinto puede resultar mortífera?

  Torres abrió grande los ojos, era la enésima vez que explicaba lo mismo, pero nunca estuvo tan nervioso como en esa oportunidad. -Mire, yo había escuchado eso, por supuesto, creo que todo el mundo lo sabe, pero creí que era un mito, nomás...

  -¡Nadie le preguntó sobre sus opiniones, señor Torres!, responda sólo a la pregunta, por favor, ¿sabía o no sabía que la sandía y el vino tinto, combinados, pueden causar la muerte?

 -Sí, señor, lo sabía, ¡pero creía que era un mito!

  -¡Evidentemente no lo es, señor Torres!, ya ve lo que le pasó al difunto Correa por su negligencia- el fiscal giró en sí mismo con una mano apoyada sobre el mentón y la otra sosteniendo el codo. Miraba hacia el piso y demostraba una concentración suprema. Volvió a girar, como si se le hubiera ocurrido algo de pronto, y avanzó con celeridad hacia Torres, quien instintivamente se inclinó hacia atrás, tanto que casi se cae de la silla.

  -Usted me dijo que pensó que era un mito, ¿verdad, señor Torres?

  -S-sí, señor.

  -¿Y por qué cuando recibió la orden del finado Correa entró a la cocina burlándose? Cito las palabras, señor juez, 'el gordo de la mesa 12 pidió sandía y vino tinto... ¡está boleta!'.

  Torres enmudeció y abrió tanto los ojos que parecía que iban a saltar de su rostro para huir y nunca más regresar. -Y-yo nunca dije eso, señor- musitó suspirando.

  -¿Niega que no hizo ese comentario ante Alfonso Cárdenas, el ayudante de cocinero del restaurante para el que usted trabaja?

 
Fuente: colorearjunior.com
El fiscal estaba en el cenit de su trabajo. Cámaras de televisión, decenas de periodistas, un numeroso público curioso por la naturaleza del caso y él en el centro de la escena, como el mejor abogado de las series estadounidenses, destripando a un acusado y ganando un caso imposible. Era la primera vez que tenía semejante nivel de exposición y no le disgustaba para nada, al contrario, sentía una corriente orgásmica que le recorría todo el cuerpo, una sensación de placer nunca antes experimentada, ni siquiera en el nacimiento de sus hijos.

  'Saliste en la tele', era la frase que más había escuchado desde el día anterior, tras una breve conferencia de prensa que había brindado a varios canales de TV y radios, ante el comienzo del juicio.

  La exposición primero lo había perturbado un poco, pero cuando observó que recibía un nuevo trato, el de una celebridad, y que gente que no lo conocía lo miraba con curiosidad, lo dominó la excitación. En sólo 24 horas, compró un nuevo traje, anteojos más modernos para reemplazar a aquel horrible armatoste que le cubría la mitad de la cara y cambió el peinado, ahora su cabello negro estaba prolijamente hacia atrás, ayudado por una generosa cantidad de gomina.

  -¡Yo nunca dije eso, señor, Alfonso está inventando todo!

  -Si usted me dijo hace unos momentos que tenía conocimiento del problema, que sabía que si servía sandía con vino tinto ponía en riesgo la vida de un cliente, ¿por qué he de creerle que no hizo algún comentario?

  -¡Porque yo nunca creí que ese mito fuera cierto!, ¿cómo voy a pensar que alguien puede morirse por eso?

  -¡Porque usted sabía que hacía mal, porque usted tenía conocimiento del mal que estaba causando, porque eso es lo fáctico, porque usted mismo lo admitió! Entonces -suspiro teatral, mirada oscilante entre el público, el juez y el acusado-, yo sé que usted sabía que la sandía y el vino tinto son nocivos. Sé, por un testigo que pronto se va sentar en ese mismo asiento, que usted hizo un comentario, confirmando que sabía del problema y hasta burlándose de la víctima por su peso. Yo sé todas esas cosas que lo implican seriamente, mi amigo. Ahora usted jura y perjura que nunca se burló del gord... del difunto Correa y se ubica en la perversa comodidad de enfrentar una palabra contra la otra. Pero le digo, mi amigo, que lo voy a carear con Alfonso y no sólo eso, le digo que el solo hecho de que usted haya sabido que la sandía y el vino tinto hacen mal lo convierte en culpable, aunque no haya hecho un comentario despectivo. El comentario no es más que un agravante. Por eso le repito, ¿usted ratifica bajo juramento que nunca se burló del gord... del difunto Correa?

  El mozo juró. El miedo seguía al acecho, pero en su interior crecía un fuego que le quemaba las entrañas. Era bronca. No odio, no dolor, no pena, no enojo, era bronca lisa y llana. Eran ganas de agarrar a Alfonso del cogote y molerlo a trompadas, no matarlo, no cortarle un miembro, no torturarlo, sólo cagarlo a trompadas, como se agarran en un partido de fútbol o a la salida de la escuela. Bajarle un par de dientes, inflarle el pómulo con un globo morado y romperle el tabique de la nariz. Cagarlo a trompadas.

  Alfonso fue uno de los más resentidos porque el mozo se ganó a Agustina, la mujer más linda del restaurante, a la que todos veneraban como a una Diosa pero ninguno la trató como a una humana. El mozo fue el único en hacerlo y tuvo su merecido premio.

  Pero Alfonso no estaba contento. Apenas llegó Agustina al restaurante, acudió a una de las tretas más bajas del hombre cuando la atención de una señorita está en juego, el amor. Alfonso decía haberse enamorado de Agustina. De ese modo, neutralizaba a sus rivales bajo el postulado de que los amigos no compiten por una mujer si uno de ellos está enamorado. Pero en este caso, la movida de Alfonso era un tanto desesperada, pues estaba casado. Por lo tanto, el código de amistad no tenía vigor si el presunto enamorado tenía a una esposa de la que no pensaba separarse.

  La regla no escrita del enamorado existía no sólo porque el amor es un sentimiento poderoso, sino por consideración al amigo que, al estar enamorado, quería compartir su vida con la dama en cuestión. Los que no lo estaban sólo querían unos minutos de placer. Alfonso estaba casado y además su declaración era poco creíble, por cuanto apenas si había intercambiado un par de palabras con Agustina.

  Al mozo no le pareció digna de respeto la declaración, al contrario, la consideró indigna, y por lo tanto no cesó en sus lances con Agustina, hasta que tuvo éxito. Si hubiera sabido que las consecuencias serían nefastas al punto de que le ganarían un falso testimonio que podría mandarlo a la cárcel, quizá se lo habría pensado dos veces.

  -Juro que no hice ese comentario-, respondió el mozo, corrigiendo su primer juramento.

  -Que conste en actas que el señor ha negado tal comentario, que juró por lo más sagrado que nunca se burló del difunto Correa...

  -¡No! Yo no dije que no me haya burlado del gordo, dije que no hice un comentario sobre la sandía y el vino tinto.

  Un murmullo recorrió el tribunal. El juez miró al mozo con severidad y el fiscal se regodeó en su triunfo. Lo tenía en la palma de su mano.

  Dio un lento rodeo entre el banquillo de los testigos y su escritorio, meneando la cabeza y asegurándose de captar la atención, y volvió a toda velocidad hacia el mozo.

  -¡Primero dice que no habló, luego que habló pero que no dijo lo que dijo!, usted está metido en un gran lío, mi amigo. Es una máquina de contradecirse, por decirlo de algún modo- dio media vuelta y se dirigió al público-, damas y caballeros, señor juez, ustedes lo han escuchado, este señor dice y se desdice con un descaro insultante. Cree que está con sus amigotes en la cocina del restaurante, donde al parecer se burla de la tragedia, del dolor de los demás. Repito una vez más, ¿hizo o no hizo algún comentario sobre el pobre gordo?

  -Hice un comentario, pero no hablé de la sandía y el vino tinto, eso es lo que yo...

  -¡Ah bueno, ahora el señor admite haber hecho un comentario! Espero que todos hayan escuchado con claridad la contundencia de estas declaraciones. El señor Torres, un mozo con más de 20 años de experiencia, le sirvió sandía y vino tinto a un hombre, sabiendo que era una mezcla mortífera. Y, para colmo de males, se burló del finado en la cocina. Creo que no hay más que decir. Señor Torres, puede usted retirarse.

  Torres dejó el banquillo devastado. No era una luz, pero no lo necesitaba para saber que se le venía la noche, que no tenía salida de ese insólito embrollo. Sentía que la suerte estaba echada, y no había errado en su deducción.

Fuente: 8300.com.ar
  El caso fue célebre, el primero de su tipo, mas no el último. En los siguientes años, decenas de mozos fueron enjuiciados por servir sandía con vino tinto, en una dinámica que se transformó en un lucrativo negocio, en el cual cientos de personas iban a los restaurantes, pedían la combinación fatal, simulaban un dolor de muerte y después demandaban al establecimiento y al desgraciado que les entregó el juicio en bandeja.

  Al mozo lo condenaron de homicidio culposo simple, por lo tanto zafó de la prisión, pero el estigma lo persiguió por años. Nunca más pudo volver a hacer lo que sabía, servir mesas, y le costó encontrar trabajo. La desesperación lo llevó a integrar una banda que asaltó un supermercado, pero su esencia amable (aptitud fundamental para un mozo) lo traicionó en pleno atraco. Mientras sus compinches huían con el botín, Torres se detuvo a ayudar a una vieja que se había caído, y el encargado del supermercado lo hirió de un escopetazo. Fue a la cárcel por cinco años.

  El fiscal cobró la notoriedad pública que buscaba gracias al caso. Pocos años después fue elegido como Fiscal Anticorrupción y lanzó su carrera política.

  En plena campaña por la intendencia de Córdoba, fue hallado muerto de un tiro en la frente. A su lado, había una servilleta blanca con las iniciales L.M. Algunos especialistas en casos policiales creyeron que el hecho fue obra de la Liga de los Mozos, una organización secreta que reúne y protege a los trabajadores de la bandeja. Hace años, ellos fueron los encargados de hacer circular un rumor que se transformó en dicho popular: nunca te enfrentes a un mozo, porque puede mearte la sopa.

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